Ética y autoestima

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¿Qué ocurre en una empresa cuando dos colegas que trabajan juntos discrepan acerca de qué es ético y qué no respecto a un pacto con terceros?

En una organización donde las personas tengan buenos niveles de madurez psicológica es una situación bastante común, que no obstante no se cuida excesivamente. Merece la pena reflexionar sobre el asunto porque una gestión inadecuada de la discrepancia puede acarrear malos entendidos con los terceros en cuestión y / o deterioro de la imagen corporativa.

Una persona que discrepa es alguien que disiente del parecer o de la conducta de otra. Eso significa que tiene capacidad para juzgar, es decir, comparar lo que está observando con el marco que ella tiene como adecuado para ese tipo de situaciones. Así que discrepar no es malo, porque ofrece una oportunidad de ver las cosas desde el punto de vista del interlocutor y sopesar sus razones.

Qué ocurre a partir de ahí es complejo de predecir. Por lo general, alguien que discrepa se basa en su ética y en su autoestima. (Algo muy diferente de oponerse, en el sentido de entorpecer o impedir algo). La persona discrepante desea que se acepte su visión ética del asunto, y lo demanda utilizando herramientas que le proporciona su autoestima.

Así que vamos a echar un vistazo a los manidos conceptos de ética y de autoestima:

El DLE define Ética como Conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida. (Ética profesional, cívica, deportiva), y también como parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.

Aristóteles sostiene que todas las acciones humanas van encaminadas a conseguir la felicidad, tienen un fin, que se identifica con el bien. La felicidad será el bien supremo, y consiste en lograr la perfección de la propia naturaleza humana. Un ser es feliz cuando actúa de acuerdo a su naturaleza, consiguiendo así la máxima perfección.

Estas definiciones están, lógicamente muy de acuerdo con el planteamiento clásico de que la ética es algo personal, aunque de hecho existen derivadas organizativas como las mencionadas entre paréntesis en la definición.

Podríamos decir, pues, que la ética persigue la mejor forma de que la persona se realice a sí misma a partir del bien y del fundamento de sus valores.

Por otro lado, la autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter, o, de forma más breve, la percepción evaluativa de nosotros mismos.

Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, explica que la autoestima es un derecho inalienable de toda persona, que es digna del respeto incondicional de los demás y de sí misma, que merece estimarse a sí misma y que se le estime.

En líneas generales, una persona adulta consigue buenos niveles de autoestima realizando acciones amorosas para sí misma, y se basa en la auto-eficacia (sentido de ganadora, de poder salir adelante) y la auto-dignidad (seguridad de su valor, una actitud afirmativa hacia su derecho de vivir y su felicidad).

De forma que la ética puede ser – y es, en realidad – el sustrato sobre el que se va construyendo la autoestima: cuantas más oportunidades tiene la persona de comportarse de acuerdo con su marco ético más posibilidades tiene de mantener buenos niveles de autoestima.

Todo eso está muy bien cuando se aplica al comportamiento de una persona concreta dentro de la organización: podemos esperar de ella enfoques adecuados y consecución de los objetivos consensuados, o al menos aplicación de todos los recursos a su alcance para conseguirlos.

Pero cuando el marco ético de una persona (que, recordemos, es un marco individual) difiere del de su interlocutor (que obviamente también se comporta de acuerdo con su propio marco personal) se presenta una dificultad: ninguna de las dos personas está a priori dispuesta a adoptar el marco de la otra porque eso supondría tener que revisar sus propios valores bajo presión, a demanda de otra persona en un momento en el que hay que tomar una decisión. Eso significa, en esencia, poner en solfa su propio marco de valores, y ya hemos visto que existe una sólida relación entre valores y autoestima.

Sería deseable entonces que ambas personas tuvieran buenos niveles de autoestima para que aceptaran sin dañarse que es preciso adoptar, de momento, la mejor solución momentánea y plantearse después un coloquio pausado para resaltar coincidencias, detectar discrepancias y encontrar un nuevo marco de relación (y toma de decisiones) adecuado a los fines estratégicos de la organización y asumible por ambas partes.

Es el momento de echar mano del código ético de la compañía para revisarlo conjuntamente y hallar la mejor fórmula posible, o bien acordar incorporar en dicho código algunas indicaciones para solventar incidencias de este tipo a la luz de los valores corporativos.

Este modus operandi resulta recomendable porque aporta beneficios a tres bandas:

• para la organización, porque refuerza sus valores y así puede agrandar su reputación corporativa;

• para las personas que han vivido la discrepancia, porque favorece un buen marco de relación, respeto y apoyo mutuo (con el consiguiente refuerzo de sus respectivos niveles de autoestima);

• para el conjunto del Ecosistema Interno, porque se están propiciando métodos valiosos de interrelación, resolución de conflictos y asunción de responsabilidades, lo que incrementa el grado de vinculación con la compañía.

Así pues, un código ético bien planteado, revisable periódicamente e interiorizado por los partícipes es una herramienta estratégica para conseguir que las personas sean un poco más felices y la organización más saludable y exitosa. Esperemos que sea  cada vez más popular entre las organizaciones respetuosas con todos sus partícipes.

Edita Olaizola

 

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