ES HORA DE REGLAMENTAR EL CONSUMO RESPONSABLE

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Nos complace incorporar este artículo de Daniela Ugazzi, Directora de RS en ConQuito– Agencia de Promoción Económica del Municipio de Quito. Creemos que es una aportación y un punto de vista interesante. Damos a Daniela la bienvenida y agradecemos su aportación.

El informe de desarrollo humano que se publica anualmente desde el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), afirma que la huella ecológica del consumo mundial es actualmente mayor que la capacidad total del planeta. Según la WWF, si todas las personas en el planeta tuviéramos el impacto del residente medio de Qatar, necesitaríamos 4,8 planetas, el de EEUU 3,9, el de Corea del Sur 2,5 y el de Argentina 1,5. Por otro lado, según el Foro Económico Mundial, en el 2030, casi el 60% de la población mundial se encontrará en la condición de clase media, consecuentemente el consumo y la necesidad de recursos naturales crecerán a una tasa mayor que la población.

Penar en el “2030” podía, hace diez años, sonar un poco lejos, pero hoy en día, sabemos que usted y yo probablemente estaremos vivos para esa fecha en este planeta que solo es uno. Y, ¿qué estamos haciendo?

Vemos con alegría que en abril del presente año, Francia se convirtió en el primer país del mundo en prohibir a los supermercados que tiren o destruyan la comida que queda sin vender, obligándolos, en cambio, a donarla a organizaciones de caridad y bancos de alimentos. De acuerdo a la ley aprobada en la Asamblea Nacional francesa, las grandes cadenas de supermercados no podrán tirar a la basura los alimentos en buen estado que estén cerca de su fecha de consumo preferente. Gracias a organizaciones caritativas y bancos de alimentos, las empresas de alimentos deberán plantearse estrategias de RSE para entregar a las personas sin recursos los alimentos. En efecto, los gerentes de los supermercados de 400 metros cuadrados o más tendrán que firmar contratos de donación con organizaciones de caridad. De lo contrario, sufrirán penalizaciones, que incluyen multas de hasta 75.000 euros o dos años de cárcel. Tres meses después, este mismo país, se expidió una ley en donde se prohíbe la utilización de vasos de plástico seguida por una normativa expedida en agosto de este año que prohíbe la utilización de utensilios del mismo material.

Tuve la oportunidad de vivir en Francia y conocer la cultura en la cual el “picnic” al aire libre es muy común en días soleados y en donde las oficinas y universidades están llenas de máquinas expendedoras de café en donde se utiliza una gran cantidad de fundas, utensilios y vasos de plástico. Estas leyes, entran sin duda en choque con los hábitos y la cultura de los franceses pero son necesarias y aceptadas por la población que reconoce la inmediatez de una reacción ciudadana de consumo responsable hacia el planeta. Hasta la fecha, no se han registrado quejas o reclamos de los ciudadanos franceses ante estas leyes.

Otro ejemplo es el Senado italiano, quien aprobó en agosto de este año una ley llamada “Despilfarro Cero” que tiene el mismo objetivo que la ley francesa descrita anteriormente pero, en vez de penalizar el desperdicio de alimentos, la italiana pretende incentivar su donación reduciendo las trabas burocráticas y favoreciendo la disminución de impuestos como el IVA para los productores y vendedores que donen sus excedentes, o los que corresponden a la generación de basura. Se permitirá que estas donaciones no solo acaben en manos de ONGs, sino también de instituciones perreras, por ejemplo. Todo ello se suma a la financiación de dos fondos, por un total 5 millones de euros hasta 2018, destinados a financiar proyectos de investigación que permitan reducir los embalajes y que permita que el ministerio de Ambiente promueva el uso de la funda reutilizable.

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Entusiasma conocer estos casos de países que han tomado la legislación para cambiar patrones de consumo de los ciudadanos y de las empresas. Sin embargo, es penoso saber que estos casos son contados con los dedos de las manos y que, en América Latina no tenemos aún ningún país que se ha manifestado es estos temas, ciertamente alegando que culturalmente es difícil cambiar a la ciudadanía o que son legislaciones no tan importantes en el mundo de la política.

Es trascendental que los países en el mundo comiencen a reaccionar en pro de un consumo responsable y que legislen para garantizar prácticas que garanticen la integración de aspectos de sostenibilidad en la gestión por parte de la empresa y en el desarrollo de patrones de consumo responsable que incorporen el impacto social y ambiental a las preferencias y criterios de decisión de compra de los consumidores.

Si bien es importante tener políticas públicas que regularicen los patrones de producción, es necesario que los consumidores cambiemos nuestros patrones de consumo. Se vienen ya las épocas navideñas, momentos en los que todos multiplicamos nuestros consumos y nuestros gastos. Debemos fomentar desde nuestras prácticas el cambio y qué mejor que optar por un consumo más responsable. Elegir nuestros productos y servicios, no solo en base a su calidad y precio, sino también, por su impacto ambiental y social. Eligiendo aquellas opciones que respeten la naturaleza y la igualdad social con condiciones de trabajo justas en todas las etapas de su ciclo productivo. Creo que la solución está en las manos de todos: gobiernos, empresas pero también ciudadanos.

Daniela Ugazzi
Directora de RS en ConQuito- Agencia de Promoción Económica del Municipio de Quito

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Xema Gil

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